viernes, 28 de marzo de 2008

Trabajo de verano



Los estudios primarios y secundarios los realicé en un colegio particular y del barrio alto más encima.
La expresión “vivía en una burbuja” puede perfectamente describir mi vida hasta la llegada a la U.
Mi primer recuerdo de la Escuela está en el día de la inscripción.
Habiendo siempre vivido muy cerca del colegio mi experiencia en desplazamientos por Santiago era bastante pobre. Llegar al barrio Independencia, el que por supuesto yo desconocía absolutamente, era una tarea que sin duda pondría en juego mis escasas habilidades de desplazamiento urbano. Afortunadamente ese primer día mi padre me acompañó en su auto. Al parecer no había problemas de entrada en vehículo ni de cupo para estacionar ya que caminamos juntos hasta ubicar la sala donde se realizaba el proceso de matrícula.
Al ver la fila, bastante considerable que nos precedía, masculló en tono divertido que aquello parecía la cola del policlínico. Hizo el viejo chiste de los errores de abogados, lo que él era, que significan cárcel contra los de los médicos que se tapan con tierra. Al poco rato se marchó. Su partida me alegró ya que quería sentirme mayor y claramente su presencia no contribuía a ello.
Por edad y aspecto era bastante aniñado. Tenía poco más de 16 años y el resultado en las pruebas de ingreso había superado todas las expectativas.
Esa mañana miraba con bastante timidez a los que serían mis compañeros de estudio y comencé a admirar a algunas de mis futuras colegas.
Terminada la inscripción salí caminando para coger la locomoción que me llevaría de regreso a casa. Con la cabeza llena de emociones eso hice por varias cuadras de la Avenida Independencia. Recuerdo como me llamó la atención la gente que pasaba por las aceras y el aspecto popular de los negocios, diferentes a los que conocía. Incluso no olvido una joven dependiente que arreglaba la entrada de su tienda y al vestir un entallado delantal dejaba adivinar, con generosa naturalidad, su ropa interior y la rotundidad de sus formas.
Los primeros días fueron de entrevistas y exámenes médicos. La que más recuerdo es la evaluación psicológica que desde ese año se había convertido en obligatoria. A raíz de un escabroso incidente en las celebraciones de ingreso el año precedente, las autoridades habían determinado que todos los nuevos alumnos debían ser evaluados por psiquiatras y sometidos a estudios psicológicos, test de Roschard incluido.
En mi entrevista psiquiátrica mentí.
Todo fue muy bien hasta la pregunta acerca de mi experiencia con el sexo opuesto. Yo era virgen y salvo algunas tocaciones superficiales durante bailes con amigas complacientes, nunca había tenido una relación más formal. Sobre la marcha inventé un pololeo y su reciente ruptura, afortunadamente sin mayores consecuencias tanto para mi hipotética chica ni para mi. Sentí que eso complació a mi entrevistador y poco después, con gran alivio de mi parte, me despidió deseándome suerte en los estudios.
Los años universitarios se desarrollaron en un tiempo en que existía una feroz lucha entre el capitalismo aún tímido y el socialismo vociferante. La parte buena, para mi padre al menos, estuvo en que los estudios de Medicina fueron de un costo económico irrisorio. Al mirar hacia atrás es increíble recordar lo fácil que era pagar el arancel anual o en casos justificados obtener rebajas.
Ese recuerdo fue el que me permitió entender y aceptar cuando algunos pocos años después, ya con el país firmemente dirigido hacia el más feroz capitalismo, estudiantes de medicina, con los que tenía algún roce supuestamente académico, mencionaron cada vez con mayor frecuencia que el objetivo de sus estudios era obtener lo antes posible una especialidad que les permitiera recuperar los costos económicos invertidos en ellos.
Mi primera reacción fue de estupor e incluso desagrado. Por primera vez escuchaba a futuros médicos que no se referían a la “vocación” y simplemente apuntaban al lucro. Sin embargo al ponerme en su lugar entendí que la reacción era absolutamente lógica. Para ellos ya los estudios significaban una importante inversión monetaria y como tal debía redituar con el mayor provecho posible. Y de esto ellos no eran responsables si no que simplemente el país y el mundo habían cambiado.
Considerando entonces ese contexto, es perfectamente entendible que al finalizar el primer año de estudio me uniera a los Trabajos de Verano. Y no fui el único.
La idea era que los estudiantes devolvían con trabajo voluntario algo de los privilegios que la sociedad les entregaba al permitirles estudiar.
Ese año dentro de las opciones se ofrecía la posibilidad de participar en un estudio de pesquisa de tuberculosis en el sur del país. Se debían formar 3 grupos de alrededor de 20 a 30 personas cada uno para ir a tres ciudades distintas y efectuar el estudio diseñado por epidemiólogos en Santiago. Los grupos estaban constituidos por alumnos de diferentes niveles de la carrera y debíamos especializarnos tanto en la realización y lectura del examen de PPD como en la obtención de muestras bacteriológicas. Otra parte del grupo se encargaba del trabajo de laboratorio, vale decir tinciones para análisis microscópicos y cultivos.
En la capacitación yo quedé entre los que harían PPD y tomarían muestras bacteriológicas.

No hay comentarios: