jueves, 3 de abril de 2008

Tokio blues.



Yo entonces tenía treinta y siete años y me encontraba a bordo de un Boeing 747. El gigantesco avión había iniciado el descenso atravesando unos espesos nubarrones y ahora se disponía a aterrizar en el aeropuerto de Hamburgo. La fría lluvia de noviembre teñía la tierra de gris y hacía que los mecánicos cubiertos con recios impermeables, las banderas que se erguían sobre los bajos edificios del aeropuerto, las vallas que anunciaban los BMW, todo, se asemejara al fondo de una melancólica pintura de la escuela flamenca.
¡Vaya! ¡Otra vez en Alemania!, pensé.
Tras completarse el aterrizaje, se apagaron las señales de "Prohibido fumar" y por los altavoces del techo comenzó a sonar una música ambiental. Era una interpretación ramplona de Norwegian Wood de los Beatles. La melodía me conmovió, como siempre. No. En realidad me turbó; me produjo una emoción mucho más violenta que de costumbre.
Para que no me estallara la cabeza, me encorvé, me cubrí la cara con las manos y permanecí inmóvil. Al poco se acercó a mí una azafata alemana y me preguntó si me encontraba mal. Le respondí que no, que se trataba de un ligero mareo.
-¿Seguro que está usted bien?
-Si, gracias - dije.
La azafata me sonrió y se fue. La música cambió a una melodía de Billy Joel. Alcé la cabeza, contemplé las nubes oscuras que cubrían el Mar del Norte, pensé en la infinidad de cosas que había perdido en el curso de mi vida. Pensé en el tiempo perdido, en las personas que habían muerto, en las que me habían abandonado, en los sentimientos que jamás volverían.
Seguí pensando en aquel prado hasta que el avión se detuvo y los pasajeros se desabrocharon los cinturones y comenzaron a sacar sus bolsas y chaquetas de los portaequipajes. Olí la hierba, sentí el viento en la piel, oí el canto de los pájaros. Corría el otoño de 1969, y yo estaba a punto de cumplir veinte años.
Volvió a acercarse la misma azafata de antes, que se sentó a mi lado y me preguntó si me encontraba mejor.
-Estoy bien, gracias. De pronto me he sentido triste. Es sólo eso - dije, y sonreí.
-También a mi me sucede a veces. Le comprendo muy bien -contestó ella. Irguió la cabeza, se levantó del asiento y me regaló una sonrisa resplandeciente-. Le deseo un buen viaje. Auf Wiedersehen!
Auf Wiedersehen! -repetí.



Me gusta mucho leer.
Desde que descubrí la magia de las letras y el resultado de sus ensamblajes no he parado.
Comencé con el silabario Hispano Americano y seguí con historietas y libros de cuentos. Pasé luego a novelas y enciclopedias.
Ha habido períodos de mi vida en los que he leído en forma casi obsesiva. Muchas noches se fueron extinguiendo mientras yo persistía en “ese último capítulo”.

Los párrafos precedentes son el inicio del último libro que estoy comenzando: Tokio Blues de Haraki Murakami. Señalo que es lo primero que voy a leer de él, pero he encontrado buenas opiniones y comentarios de su escritura.
Por lo demás ya hace mucho que acepto que es en las primeras líneas de un libro donde anticipo las posibilidades de disfrute que voy a encontrar más adelante. Y aunque se pueda considerar profecía auto cumplida, lo mantengo como válido. Y más aún de la máxima utilidad al hojear varios libros desconocidos con el fin de elegir sólo uno para llevarme a casa.
Y espero concuerden conmigo en que lo que acabamos de leer es muy sugerente de anticipo de buena lectura.
Espero entonces avanzar en el deleite solitario de esta lectura y recordar a mi vez que cosas hacía en el otoño de 1969.

100
PS: Simplemente como advertencia, esto es un experimento.

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